La vida
es más vasta de lo que percibimos. El ser humano es uno y es múltiples formas
conectadas. Cada célula de nuestro
cuerpo es una réplica del conjunto; cada célula contiene toda la información,
contiene la esencia que lo crea. Así pues, estamos hechos de millones de átomos
diamantinos con luz propia, somos luz.
La vida
es experiencia. Nada es bueno o malo, todo es un flujo de movimiento constante
para aprender con nuestra conciencia; esto marca la diferencia entre vivir en
la densidad o vivir fuera de ella.
Cuando
observamos el universo de nuestra galaxia, nos da vértigo su inmensidad,
billones de estrellas y el vacío entre ellas. Es un espectáculo excepcional
donde nuestra razón no puede alcanzar a comprender lo infinito. El vacío pleno
es el océano primordial donde la potencia de la creación genera nueva Vida.
Los seres
humanos somos conciencia encarnada en vibración, es decir, también somos
energía, aunque vivimos en una dimensión material; cada ser vivo en la tierra
vibra con su propia vibración. Uno de nuestros grandes desafíos en nuestra vida
es observar la naturaleza, sus leyes, y comprender que son las mismas leyes que
rigen nuestra vida terrestre, con sus ritmos, ciclos, como decían los antiguos
sabios. Una mirada a la antigüedad nos vendría bien para conocernos,
ralentizarnos, calmarnos y observarnos.
La luz,
joya de nuestra alma, se expresa en el silencio. El lenguaje del silencio es
una sinfonía de notas alegres, sinceras, amantes que nos hace sentir que somos
conciencia en un cuerpo y nos permite dar testimonio de nuestra existencia.
Recordemos que antes de dejar una huella, hay un camino que debemos andar.
Silencio
no significa ausencia de sonido. El silencio es el lenguaje de la luz que vibra
en nuestro corazón, por eso es tan importante amar para ir abriendo la puerta
de nuestro corazón diamantino y así oír sus enseñanzas.
Nuestra
sociedad es muy ruidosa; nuestras relaciones virtuales, las pantallas nos
ofrecen mundos ilusorios que nos alejan de las relaciones humanas. Vivimos
acelerados, todo debe ser inmediato, todos sabemos de todo y todos sabemos
nada. Toda esta aceleración e información nos produce desgaste; el ruido mental
nos confunde y nos produce tensión, depresión, porque creemos que estamos
relacionados con el otro, pero en realidad vivimos aislados, no existe la
calidez humana tan necesaria para sentir un abrazo.
Todo es
vacío pleno, todo es luz, todo es silencio. Todo ES.
El
espacio del vacío es como el espacio entre dos notas para oír la música, el
espacio entre dos pensamientos para que surja la idea. Por ejemplo, en una
habitación con paredes, ventanas, muebles, es el espacio vacío donde nos
movemos, respiramos y vivimos. No en la pared, ni en la ventana, sino en el
espacio que existe entre ellos, el espacio donde respiramos. Vivir
conscientemente en este espacio vital nos permite sentir amor, paz y alegría y
traerlos a nuestras vidas cotidianas.
Este
viaje al universo de la luz es lento, dulce, alegre. Cada cosa tiene su orden y
todo está en su lugar. Ir al encuentro del silencio es un viaje que deja una
impronta en nuestro cuerpo y alma, porque es un viaje hacia el encuentro de uno
mismo, con nuestras luces y sombras, y vamos aceptando nuestras debilidades y
dejamos la superficialidad para adentrarnos en las profundidades de nuestra
alma; es un viaje extraordinario.
La barca
que nos lleva a las profundidades de nuestro ser está compuesta de reflexión,
observación, meditación, comprensión.
Cuando meditamos, estamos presentes en las emociones, sensaciones y
pensamientos que van y vienen. Sin embargo, aprendemos a conocer el vacío que
nos procura paz, alegría, y empezamos a aceptar nuestra vida y a nosotros
mismos. Esta aceptación nos lleva al cambio, camino esencial para abrir puertas
a otras constelaciones.
La
conciencia universal no es individual, porque forma parte de la esencia
creadora. Hacer la experiencia del silencio nos abre a otra dimensión del Ser y
observamos que todo está entrelazado por hilos dorados. Somos conciencia
encarnada en vibración.
El
silencio nos permite maravillarnos de la obra de la naturaleza, donde la
belleza, la armonía y el bienestar se unen en cada ser humano que la observa y
siente.
El
silencio nos permite acceder a los sentimientos y observar cómo el viento se
arremolina sobre nuestro océano interior, creando olas en su baile eterno.
El
silencio nos hace descubrir la matriz de nuestra existencia y de la tierra,
uniendo ambas energías.
El
silencio es el mensaje que los antiguos sabios transmitieron y ha llegado a
nosotros a través del eterno viaje del flujo del movimiento de la vida.
El
silencio se alinea con la serenidad para que podamos cambiar de actitud en
nuestra vida.
El
silencio es amor incondicional, es amor al Ser y nos ayuda a reconstruirnos.
El
silencio habita en nuestro templo sagrado, el alma, vacío pleno que genera
nuestra Vida.
Emprender
este viaje extraordinario nos exige mirarnos al espejo interior para
reconocernos, liberarnos de la dependencia exterior y sentir la fuerza que nos
tiende la mano para levantarnos en cada caída y ser nosotros mismos, los
auténticos seres humanos.
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