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Ahimsa es vida

martes, 6 de enero de 2026

Viaje atemporal en el tiempo profano

 En lo más profundo de mi alma hay un recuerdo que trata de abrir el cerrojo de mi memoria, desea ser revivido y transmitido; por esto lo voy a contar.

 Unos ojos vivos de color esmeralda me miraban con infinita ternura. Un rostro arrugado por el tiempo profano se iluminó con la belleza de una sonrisa atemporal, símbolo del Amor. Mi estancia en el Egipto de Akenatón, donde Maat y Atón se unían en un abrazo universal, resurgió. 

 Itumi, así se llamaba el sacerdote de ojos turquesa, color de la armonía. Él me enseñó a abrir la primera puerta de mi conciencia para que mis observaciones, pensamientos, palabras y acciones fueran reflexivas, independientes, armonizadas para evitar intolerancia y conflictos. Me mostró que hay miles de puertas por abrir para acceder a otras dimensiones. Me repetía, una y otra vez, que el conocimiento de uno mismo es necesario para acceder a ese lugar sagrado; hay que distinguir entre lo que necesita el cuerpo y lo que necesita el alma, que, aunque sean dos universos diferentes, son iguales en esencia y ambos se rigen por las mismas leyes universales. Este proceso de aprendizaje silencioso de conocimiento y descubrimiento se inicia con un anhelo profundo y sincero para que la fuerza de la tierra te proporcione coraje y vitalidad para emprender el camino de tu destino.

 Recordaba estas palabras mientras estaba observando el atardecer en el patio del estanque de aguas primigenias que se alimenta del prana, energía vital, de Atón. Sus aguas son ondas de un azul acero. Unas columnas repletas de jeroglíficos separaban el patio del río Nilo. La luna llena en todo su esplendor apareció en el cielo sin hacer ruido y se reflejó en las aguas primigenias; las estrellas iluminaron el patio creando un ambiente mágico. Se oía la amable risa del río Nilo y la brisa del desierto contenía su aliento para no perturbar el movimiento.  Mi corazón latía veloz y alegre.

 Durante unos años, Itumi prosiguió su enseñanza. Una mañana, mientras estaba practicando mi respiración en el patio y recibiendo el prana de Atón, apareció y me indicó que lo siguiera.

Me llevó a un espacio circular donde había muchas puertas. Recordé unos versos de un canto que había compuesto a Atón hacía algún tiempo: “Luz dorada que calienta mi corazón de materia a través de los rayos diamantinos y lo sana con dulzura y delicadeza. Luz que a través de mi piel abraza a la humanidad como hermandad de la paz”. Su rostro arrugado me miró y la belleza de su sonrisa universal todo iluminó. 

 Me pidió que eligiera una puerta. Elegí la puerta dorada porque tenía grabadas en su centro las alas de Maat y la cruz de Vida, Ankh; ambas irradiaban su luz mientras las miraba. Soles y águilas, papiros y palabras iluminaban el camino y me acompañaban a otras moradas.

Palabras silenciosas que se transmiten en sueños, visiones para que puedan ser oídas sin interferencias.  Dentro de ese espacio dorado, había otras puertas más pequeñas de colores cristalinos como el arcoíris, y supe de inmediato que ese puente de unión entre lo celeste y lo terrestre sería el símbolo del Amor atemporal.

 Más tarde, Itumi me recordó, mientras caminábamos por un pequeño sendero cerca del Nilo, que la simbología es traer la ausencia de algo profundo a nuestra actual realidad: —Usa tu imaginación para recordar y así conectarte a través de los tiempos.

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 La imaginación nos permite el cambio que deseamos hacer en nuestra vida, a volar hacia universos que creemos lejanos, a crear nuevas realidades. No olvidemos que la imaginación es una poderosa herramienta del ser humano para cambiar su universo. La simbología también es otro instrumento capital en nuestra vida porque nos ayuda a comprender y a profundizar en la visión del recuerdo.

 El cuerpo y el alma están en continuo diálogo para reconstruir nuestra vida. Diálogo que debe ser franco, honesto y abierto a la diversidad de nuestra hermandad. Así podremos comprender y actuar a través del alma que nos permite tener conciencia de amar y de ser amados.

 El alma, nuestro ser espiritual, está compuesto de átomos de amor, generando el Amor universal que embellece todo a su alrededor porque pertenece a una dimensión atemporal, sagrada e inviolable.