El agua es un elemento insondable para el ser humano. El agua es mágica y misteriosa; genera vida en el planeta Tierra y sana el cuerpo, la psique y el alma. El agua nos habita como habita a la naturaleza, sin posesión. Con constancia silenciosa regenera la vida de los seres (mineral, animal, vegetal, humano) que habitan este planeta.
Cuando
oímos el murmullo del agua mientras fluye por un riachuelo, nos serena. Cuando
caminamos por la orilla del mar y sentimos la caricia del agua en los pies, nos
relaja. Cuando nos duchamos, la sentimos sobre nuestro cuerpo; nos calma,
limpia y elimina el peso que llevamos en la espalda, sobre todo si somos
conscientes y la visualizamos como un torrente de energía. Cuando bebemos un vaso de agua, no solo nos
quita la sed, sino que nos tranquiliza al apaciguar los latidos del corazón y
nos regala vida al suavizar la angustia. Cuando observamos el arte creado por
las nubes, una sensación de grandeza y belleza nos envuelve; cuando ese lienzo
se cubre de nubes grises y negras, preludio de tormenta, nos genera una
sensación de respeto, pues sabemos que ese lienzo se romperá y grandes lluvias
caerán.
Para
aventurarse en esos enigmas universales en compañía de nuestros amigos, el
silencio y la soledad, es necesaria la armadura de la paciencia —unión de
fuerza, coraje y observación—. Esta dinámica de búsqueda nos permite encontrar
nuestro lugar en la tierra para habitarnos, es decir, ser conscientes de
nuestra existencia y la del otro; para ello debemos comunicarnos a través de
los beneficios del diálogo. Dialogar es comprender al otro y viceversa; juntos
buscamos una mejor comprensión, a través de la modestia con palabras honestas y
verdaderas. No podemos romper el diálogo nunca, tanto a nivel personal como
social, político.
El
agua con su susurro silencioso nos muestra su fuerza y su perpetuo movimiento, lo
que produce cambio y transformación por donde pasa. El agua nos invita a
explorar el mundo, a mirar, observar de forma diferente nuestro entorno, para
ver lo que ocurre a nuestro alrededor; de esta forma dejaremos otra huella que
la destrucción, que la fragmentación; dejaremos una huella de reconciliación,
de unidad.
El
agua es portadora de vida; fluye por todas partes, sin fronteras: montañas,
campos, pueblos, ciudades, ríos subterráneos, lagos, incluso dentro de nosotros
para llegar al océano. El agua es el espejo donde todo se refleja: caras,
montañas, estrellas, nubes, sol, luna y el alma universal a través del fulgor
de los diamantes que brillan al contacto del sol.
El
río de la vida sigue su curso inexorable; da igual que haya guerras o paz, que
haga frío o calor, que haya abundancia o hambruna; el río sigue su curso hacia
su destino, el océano, donde todas las gotas de agua se fusionan. En el océano primordial,
los ríos del cielo recorren el cosmos habitado por estrellas, agujeros negros,
constelaciones; vacíos plenos que se reflejan en nuestro río de la vida y ambos
unen sus orillas a través de la pasarela del arcoíris: la del mundo físico del
agua y la del mundo de las ideas donde todo se crea.
Desde
siempre este gran misterio del agua me ha fascinado; me viene un recuerdo: “Una
tarde de verano, mientras contemplaba el fluir de las aguas del río y mis pies
se deleitaban con su frescura, tuve una sensación de plenitud y vacío. Un velo
se rasgó y ante mis ojos, más de diez mil años de recuerdos, de sensaciones, de
percepciones, de sentimientos, de olores surgieron en una milésima de segundo y
comprendí que las memorias de la Vida, del Agua, del Espíritu siempre están
presentes en nosotros y cada ser humano puede acceder a ellas si es consciente
del sagrado enigma de la vida”.
Ese
deseo por “conocer” el gran misterio del agua me hace navegar hacia el océano
de mi ser, y, mientras lo rememoro, una pequeña gota de agua desborda por mis
ojos, una lágrima que contiene mi memoria y parte de mi ADN. Otro gran misterio
de la vida, el ADN, que contiene todo lo referente a nosotros y nuestros
progenitores, así como a los padres de estos, es una biblioteca hermética de
información sobre nuestras vidas entrelazadas con otros seres humanos. Aprender
a Vivir y ver esa Fuerza que existe detrás de nuestro escenario de vida, de
nuestra existencia, es comenzar a aventurarnos en esos misterios arcanos.
Cuando
cultivamos nuestra conciencia, empezamos a observar los entresijos de los
misterios universales al consentir el devenir de la vida; sin embargo, cuando
estamos atrapados en ese mundo de las apariencias, sin intentar ver más allá de
ellas, vivimos de espaldas a nuestra identidad propia. Por esto, muchas
acciones destructivas ocasionan grandes daños al planeta y a la humanidad. Envenenamos
el agua con muerte, con dolor, con gritos de horror, con tóxicos, con desechos,
sin pensar que contaminamos nuestra fuente de vida y que muchas personas
morirán por ello. Creemos que el progreso pasa por la destrucción, la
conquista, la imposición, la deforestación porque la historia así ha dejado su
huella. Sin embargo, olvidamos que la historia de las civilizaciones la forman
las vidas de todos los seres humanos que han vivido y viven en este planeta. Estas
civilizaciones, incluyendo la nuestra, están marcadas por guerras y
destrucción, crueldad y horror. No aprendemos de nuestros errores porque la voz
del ego grita muy alto y da miedo, y bajo ese paraguas, el terror se impone.
Vivimos en las trincheras; lo que hay detrás de las fronteras no nos interesa.
Nuestras ciudades se construyen sobre cementerios pasados y presentes. No
obstante, ese escenario que durante milenios hemos observado no es el real,
porque el progreso es Vivir, es conectarse a la Naturaleza, es reconciliarse
con la Humanidad, es explorar el mundo para ver y comprender al otro y así
humanizarnos todos. Es crear bosques naturales donde la vida emerge y donde las
raíces profundas se unen y se conectan para que la vida siga su curso.
Un
deseo tiene la fuerza de crear y nace sin ruidos ni brutalidad, y para lograr
este cambio, es necesario resucitar ese deseo de aprendizaje, de comprensión y
de conocimiento sobre las leyes naturales de la vida y, para ello, es
fundamental la educación, aprender a pensar por uno mismo, a reflexionar, a
observar, a ver y aceptar nuestros errores y a rectificarlos. La educación
jamás termina en la vida de un ser humano; siempre aprendemos si tenemos los
ojos abiertos. El agua nos enseña el perpetuo devenir del movimiento.
Escuchemos
el fluir del agua para conocer su intimidad y así nos haremos preguntas no solo
desde nuestro punto de vista, sino desde el punto de vista del agua: ¿Cómo nos siente?,
¿cómo nos percibe?, ¿cómo nos comportamos con ella?, cuyas respuestas, si
estamos dispuestos a escuchar, nos harán cambiar y comprender que hay algo
poderoso y sublime detrás de las apariencias.
No
olvidemos que el agua es fuente de Vida, nuestra Conciencia es la esencia que
la habita.
Conectarnos
con las memorias del agua es conectarnos con las memorias de nuestra alma, gran
desafío que necesita luz, para ver claro; coraje, para aventurarnos y libertad
para ser nosotros mismos en esta aventura de grandes desafíos universales

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