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Ahimsa es vida

domingo, 15 de marzo de 2020

La danza de la libertad


El primer paso a dar en la danza de la libertad es desear aprender y comprender lo que significa libertad.

La libertad es el don de la vida que nos permite ser y existir en nuestra diferencia y complejidad, en nuestra creencia y cultura, respetando a todo aquel que no coincida con nosotros; aceptando la diferencia no tenemos que sentir miedo de ella, podemos ser incomprendidos, ignorados e, incluso, injuriados pero no seremos veletas al son de la música de otros. No aceptar la diferencia significa debilidad pues concedemos más importancia a los demás que a nosotros mismos.

Expresando nuestro deseo de liberación estamos en posición para empezar a dar nuestros primeros pasos al ritmo de libertad. Ese deseo nos acerca a los valores primarios del ser humano, respeto y dignidad y nos procura valentía y fuerza para enfrentarnos a nuestros miedos, temores y dudas que crecen en la incertidumbre del día a día. Para acercarnos a la libertad es necesario que la incertidumbre  ceda su lugar a la certidumbre que trae alegría y paz, haciéndonos responsables de nuestro comportamiento y de nuestros pensamientos.

Antes de dar los primeros pasos debemos conocer la coreografía de nuestro espectáculo y saber qué ritmos deseamos bailar. Esas ideas, esas decisiones  deben ser claras y concisas para llevarnos a tomar decisiones  correctas, pues, si no tenemos claro lo que queremos tomaremos decisiones equivocadas; y en lugar de que nuestros pies floten al ritmo de la danza de la libertad estarán tropezando sin piedad.

Cuando intentamos bailar siendo autómatas lo hacemos llevando la máscara para ocultar nuestro dolor y sufrimiento. A todos nos han herido y hemos herido, todos tenemos la capacidad de odiar y amar y depende de cada uno de nosotros la elección sobre qué emoción queremos sentir y compartir, no olvidemos que debajo de la máscara se encuentra nuestro verdadero yo. Aunque hayamos sido victimizados no somos víctimas pues sabemos que la autocompasión solo lleva a la autodestrucción, y sabiendo la respuesta dejamos de estar en la reacción para estar en la acción positiva pues nuestro comportamiento ha cambiado así como nuestros pensamientos.

Todos tenemos profundas cicatrices en nuestro cuerpo y en nuestra alma pero esas experiencias  no nos han destruido, al contrario, hemos aprendido que la vida es hermosa y que debemos luchar por nuestros ideales y por  nuestros valores, y hemos aprendido que la fuerza más poderosa para sanar es el perdón; si nos perdonamos y perdonamos a los demás dejamos de ser prisioneros de esa ira, dolor, frustración para ser libres en nuestra emoción del amor, habiendo dicho adiós a las heridas y dando la bienvenida al aprendizaje de la vida  -lágrimas y risas-.

Todos estos pasos son los que nos llevan a escuchar los acordes de la libertad. La libertad de ser y de existir nos lleva a un punto de inflexión la comprensión de que todos estamos unidos por el vínculo de la familia humanidad. Hay que dejar salir toda la presión de prejuicios, de diferencias de piel, creencias, culturas, tradiciones que llevamos dentro para dejar fluir y descongestionar nuestro cuerpo biológico, emocional y mental, así dejaremos sitio  para que la lucidez tome el relevo y seamos conscientes de que somos los artífices de nuestra vida, y para ello hay que aceptar nuestras decisiones y no permitir a nadie que tome el rumbo de nuestra vida, así dejaremos de ser víctimas y prisioneros en un escenario que no es el nuestro.

A veces no queremos  oír las palabras que nos dice el alma pero por mucho ruido que haya en el exterior e interior nunca podremos acallar esas palabras que una y otra vez resuenan en los acordes del alma para darnos fuerza y coraje y seguir avanzando, ayudándonos a levantarnos cuando estamos caídos. Esas palabras son los acordes de nuestro silencio para que haya diálogo entre nuestra alma y el alma de la vida, bailando al ritmo que marca los regalos que la vida nos ofrece para movernos al compás de la canción de la verdad  donde la duda y la incertidumbre se han ido pues ahora vivimos en libertad.

La libertad es ser y existir con respeto y dignidad y cada acción humana positiva ayuda al conjunto de la familia humana a que el milagro de la vida se pueda realizar con esta danza de libertad.


                                                     ( Photo by Craig Whitehead on Unsplash)

sábado, 7 de marzo de 2020

La Mujer y sus batallas


Cuánta tinta  y pintura se han derramado en el papel y en los lienzos recordando que la mujer siempre ha sido inspiración de fantasía, tanto para el mago bueno como para el malo, pues siempre ha sido musa como ser espléndido y como ser abominable.

La mujer y el hombre tienen diferencias en sus cuerpos, una de ellas es la capacidad de reproducción que tiene la mujer para que la humanidad siga existiendo. A través de los tiempos esta capacidad de reproducción ha hecho que la mujer fuera confinada a las funciones familiares, principalmente; con el tiempo y viendo que ese papel era insuficiente como ser humano, la mujer se fue movilizando para reclamar su derecho a la igualdad y al conocimiento.

Ha habido muchas mujeres heroicas que han defendido  con coraje y  valentía la vida y el conocimiento, cambiando el rumbo de la historia de la humanidad, una pequeñísima muestra la tenemos en  Hildegarda de Birgen (s.XI), Teano (s.VI a C.), Hipatia de Alejandría, (s. IV), Frida Kalho (s. XX), Teresa de Calculta (s. XX), Corrie ten Boom (s.XX) entre millones de mujeres. Durante muchos siglos la mujer ha dejado huellas que, aunque las han querido borrar, vuelven a la superficie trayendo mensajes de fuerza y entereza. En la actualidad hay mujeres heroicas de renombre y otras anónimas -científicas, pintoras, políticas, defensoras de derechos humanos, amas de casa, cantantes, empresarias, visionarias de la moda, revolucionarias…-, todas luchadoras por su verdad, por su libertad, por su vida e igualdad, siendo las voces de la esperanza en lugares donde solo se oyen ecos silenciosos de sufrimiento y sumisión, pues siguen existiendo países donde la libertad de la mujer es inexistente al ser objeto de posesión de  un varón, sin posibilidad de ser o existir por ella misma.

A  todas esas violaciones de los derechos humanos de la mujer, hay que añadir los crímenes por violencia de género que van en aumento en todos los países del mundo -¡triste realidad!-, donde el grito de igualdad y respeto queda ahogado con el último suspiro de la vida. La mujer sigue siendo un tema candente, palpitante y espinoso, incluso en países donde está aparentemente más considerada y respetada siguen habiendo diferencias en derechos y salarios pero no en obligaciones a las que se ve sometida,  teniendo que luchar mucho más que el hombre para demostrar su valía y capacidad. Su valor, coraje y confianza no tienen límites, su lucha es implacable, por eso es capaz de resurgir de las cenizas como el Fénix una y otra vez.

La mujer en sus batallas ha sido esclava, sanadora, guerrera, protectora de su familia, científica, filósofa, soberana, educadora, creadora... obteniendo grandes logros a costa de muchas lágrimas, pero su máximo prodigio es de ser portadora de la luz de otro ser humano, y para ello es necesario amar incondicionalmente, pues la humanidad depende de esa luz para existir.

A veces la mujer está enfadada por tantas injusticias pero no asustada pues tiene valor suficiente para caminar y luchar por el camino que le corresponde y pertenece. Su lucha es el reconocimiento de ser y existir,   por eso baila en libertad la danza sagrada de la vida, con pies descalzos al ritmo de los latidos de su fuerza y vestida con colores de luz, para no ser nunca más fragmentada.

   
                                      (Libro La Sabiduría de las palabras)

jueves, 27 de febrero de 2020

Una nueva conciencia social es necesaria

¿Es posible la paz sin justicia? ¿Es posible el progreso en la guerra? ¿Es posible vivir estando muertos? La respuesta a estas preguntas es ¡No!

Las calles de todas las ciudades del mundo están pavimentadas con historias vivientes de alegrías y penas, así es la vida; sin embargo, existen países cuyas calles son cunetas llenas de almas en pena recubiertas del polvo del olvido porque a algún individuo se le ocurrió la idea de destruir la vida de seres humanos inocentes.  Así pues, no puede haber paz en la injusticia, ambas van de la mano y son inseparables como el aire y la materia. No puede haber progreso en el barro de la miseria y desesperanza; no puede haber vida cuando se está muerto.

El denominador común para lograr el bienestar social es la paz —si hay paz, hay vida, hay sueños, hay esperanza, hay progreso—. Es obligación de todos luchar por esa nueva conciencia social. El bienestar se basa en que el ser humano esté bien, para ello debe desarrollar sus propios valores de respeto y dignidad y tener sus necesidades básicas cubiertas —vivienda, sanidad, trabajo, educación, cultura—.

Los conflictos creados por el ser humano a lo largo de la historia de la humanidad son aterradores: guerras, hambrunas, miserias y sus angustiosas consecuencias. La solución a la guerra no es las armas, la solución es que los dirigentes sean personas con valores humanos, que se respeten a sí mismos y respeten a los ciudadanos; no se puede gobernar para uno mismo ni para los privilegiados, se debe gobernar para todos los ciudadanos sin excepción. Todos tenemos el derecho de estar en la balanza del bienestar. 

Las acciones siempre tienen consecuencias. La crisis humanitaria en el mundo entero es atroz. Millones de seres humanos viven en un estado de desesperación tan profundo que para salir de él es necesario que emerja inmediatamente una nueva conciencia social. Conciencia que nos alimente el alma con respeto, justicia y libertad, conciencia que busque la luz de la paz.  Todo esto parece una utopía de palabras bonitas, sin embargo, no lo es, se puede realizar si tomamos consciencia de que la vida es un don sagrado, al que todos tenemos derecho y absolutamente nadie debería quitarlo.

Sin justicia, sin libertad, sin respeto, sin dignidad, sin paz, no hay vida, solo sufrimiento y dolor. La base de la conciencia social es respetar a todos los seres humanos y a la naturaleza. Como he dicho anteriormente, es vital tener cubiertas las necesidades básicas y respetar que somos diferentes. Cuando seamos responsables de nuestra vida y los gobernantes, sean personas humanas, dignas y respetuosas, germinará esa nueva conciencia social y traerá paz y justicia que tanta falta hace en nuestra historia del siglo XXI.

Para caminar los dos pies deben avanzar en la misma dirección.





("La naturaleza Sagrada del Ser Humano")

viernes, 21 de febrero de 2020

La huella de la lucha


"....Quiero ser libre de mi destino, que las líneas de mi mano me abran todos los caminos de este largo río…” (Tchicaya u Tam’si)

A través de los años miles de personas anónimas, escritores, políticos, científicos, artistas han dejado un legado de sabiduría, de fuerza, de coraje, de conocimiento para evitarnos el terrible dolor de la ignorancia y del fanatismo que ellos sufrieron. Su lucha sin tregua fue por la libertad, por el conocimiento, por el poder de elegir, por la vida donde el respeto fuese la base de la convivencia serena -sin colores y sin creencias-, solo viviendo como seres humanos con nuestras diferencias y complejidades.

Como en  el pasado, en la actualidad vivimos en un caos general -político, económico, moral, ético, humano-, pagando un precio muy alto, vivir sin vivir. Pero parece ser que a los seres humanos nos cuesta aprender de las vivencias y legados de otros; preferimos tener nuestras propias  experiencias y nuestro propio dolor en nuestra propia guerra; seguimos cometiendo las mismas barbaries que antaño, la guerra -cada vez más cruel- forma parte de nuestra historia cotidiana. El no aprender de nuestro pasado sigue causando destrozos humanos, sociales y éticos y si queremos salir de ese laberinto tan denso y doloroso no tendremos más opción que luchar por la libertad y el respeto de cada uno de nosotros, solo así podremos sentir paz para traer la paz.  

No podemos seguir escondiéndonos detrás de falsas hipocresías, de mentiras reconfortantes, de compromisos de humo, pues los hechos confirman que las palabras sin acción son un pozo de dolor.

La enfermad del siglo, según Gandhi es "El desprecio del hombre". Si no reflexionamos, si no nos ponemos en marcha contra ese caos y violencia, dentro de poco la venganza, el odio, el dolor será el alimento de nuestra alma cuyas consecuencias serán devastadoras. Las cicatrices en la piel del alma por odio e indiferencia son cicatrices que no se borran y la mayoría de las veces rompen la vida de las personas que las llevan.

Un proverbio indio-americano dice: "Todo hombre posee en su interior dos lobos que libran batalla: uno representa el amor y la gentileza; el otro representa el odio y el miedo. El vencedor es aquel al que alimentas".

Si buscamos la paz la encontraremos, si tenemos respeto lo daremos, si sentimos amor lo sentiremos. Si buscamos venganza la encontraremos, si sentimos odio lo viviremos, si sentimos desprecio lo sentiremos. A cada uno nos toca elegir y esa elección será nuestra huella.  
  

                                     (foto privada)