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Ahimsa es vida

lunes, 13 de abril de 2020

El horizonte, sendero del alma


El arco iris es el puente entre el universo celeste y terrestre para que todos los seres humanos podamos transitar por él  y descubrir los misterios entre ambos universos.


La energía creadora nos envía su reflejo a través del espejo de las aguas primigenias para que veamos la manifestación de su obra a través de la vida en el planeta. También nos dio el regalo del amor para labrar día a día los campos de la vida con serenidad y alegría aunque muchas veces los hayamos sembrado de desdicha. El sendero del alma es armonía, amor, dulzura y solidaridad y nos enseña a amar la vida; si amamos la vida seremos solidarios con los demás porque nos amamos a nosotros mismos y a todas las emociones que de ese amor se manifiesten, también el amor nos enseña  a luchar con lucidez y compasión contra todas las emociones contrarias a él porque crean una tela de araña de desamor, desgarramiento y autoengaño. El verdadero amor crea límites pues no es amor lo que no se respeta ni lo que se intenta dominar.

Cada día se realiza el milagro de la continuidad de la vida con el alba y el crepúsculo, momentos de transición que preceden al milagro de la luz regalándonos sus bellos espectáculos, tanto al amanecer como al anochecer, para que nosotros podamos sentir la luz y la sombra, ambas necesarias y ambas nos enseñan a reflexionar y a tomar conciencia de nuestras acciones para prepararnos para la siguiente oportunidad.

Desde siempre los seres humanos han exclamado “¡qué maravilloso espectáculo!”, al ver como brillan los diamantes del manto de la diosa Nut que se mueven en una danza sagrada y tuvieron la certeza que la vida es movimiento. La vida es un fluir constante, la muerte un fluir interrumpido. Por la noche, los buscadores de misterios se sentaban para observar tal majestuosidad y oír en el silencio la sinfonía de las esferas,  sintieron que había algo superior a lo humano, algo extraordinario y sagrado. Así, paso a paso, a través de los senderos del alma, algunas personas curiosas y observadoras quisieron saber el origen de sí mismas y del universo y  empezaron a preguntarse: ¿Qué es el universo? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Por qué vivimos? ¿Por qué morimos? ¿Quién soy y quién es Él? Preguntas que generaron miles de respuestas y otras miles de preguntas en un círculo sin fin.

La curiosidad y la  observación han sido los motores que han llevado a descubrir nuevos universos en nuestro interior; esos buscadores de lo inefable a los que ahora se les conoce como “sabios”, fueron muy valientes al adentrarse en el mundo de los fantasmas de la profundidad de la mente y descubrieron que la fuerza, la disciplina y la voluntad son las herramientas para bucear en esa aguas primigenias, en lo más profundo de nuestra conciencia donde reside la sabiduría, enseñanza que deja su huella con flores de mil colores y fragancias delicadas para que todo aquel que quiera transitar por el sendero de su alma lo reconozca y no se pierda. El sendero del alma es el reflejo del espejo entre dos universos paralelos, lo que está arriba está abajo, separados por el horizonte, punto de unión entre el alba y el crepúsculo, círculo sin fin.

Esa percepción de los universos paralelos elevó sus conciencias para comprender el sendero de la vida por el que cada uno camina al ritmo de sus pasos, caminos con muchas curvas que impiden ver lo que hay detrás de cada una de ellas a nivel físico, emocional y mental pues todas tienen sus propias vivencias; esos “sabios” comprendieron que había que dirigir el timón de la mente para alimentar la propia reflexión y evitar que caigamos o tropecemos en alguna de esas  curvas ciegas y así poder llegar a nuestro destino con equilibrio y armonía que son el conjunto de todo en la vida.

Esos “sabios” pudieron recordar gracias a su memoria celular formada por átomos de luz que todos portamos en el alma la sabiduría de la energía creadora y quisieron dejar constancia de ello para que la vida de las futuras generaciones fuera menos dolorosa y tuvieran  acceso a la felicidad. Esa memoria celular está viva y palpita con cada latido de nuestro corazón pues es esencia de vida y espera que despertemos de nuestra hibernación producida por la  duda y el miedo para poder libremente, una vez más, preguntarnos de nuevo esas preguntas que siguen bailando en el aire a través de los tiempos.

Para despertar de la hibernación es necesaria la primavera, donde los colores, aromas, los rayos del sol y las noches claras y hermosas nos invitan a reflexionar “para vivir solo necesitamos estar vivos y amar la vida con respeto y honorabilidad”. La primavera, símbolo de renacimiento, donde la rosa del corazón se abre para dejar fluir sus aromas de alegría, paz y compasión y alejar a los espectros del miedo, temor, penas y tristezas que nacen en las aguas profundas de la mente y nos mantienen aletargados.

El sendero del alma es amor que genera dulzura, equilibrio y armonía para vivir la vida, es la línea que nos guía a través de nuestras vivencias que no solo se componen de familia, amigos, trabajo, ocio, estudio…, sino de nosotros mismos; somos la clave de nuestra existencia, la clave de nuestra vida. Nuestro sendero tiene varios tramos, tramos buenos  y malos y los recorremos a través de diversos periodos de nuestra vida. Pero siempre hay “algo” interior, un pensamiento, un escalofrío, una emoción, una intuición que nos hace reflexionar para luchar y nos motiva para salir de la rutina del no vivir; para dejar atrás todo lo que no somos pues siempre hay una persona o circunstancia, incluso nosotros mismos, que nos impide ser la persona que realmente somos y eso es lo que el sendero del alma no permite, solo puede caminar la persona que es y que vive por ella misma a través del respeto, solidaridad y agradecimiento pues esa búsqueda requiere sinceridad y perseverancia; quien camina con miedo, odio, temor, ira, resentimiento seguirá el camino de obstáculos que él o ella ha trazado. El alma se compone de átomos de luz y contiene la sabiduría para guiarnos a través de su sendero y decirnos que la luz siempre está ahí si nosotros queremos verla y la aceptamos en nuestra vida. Siempre se cuela por la menor rendija y rompe cadenas para liberarnos a la vida.

El sendero del alma es el espejo de la energía creadora cuyo reflejo es la manifestación de su obra y donde los buscadores curiosos y observadores han sabido encontrar respuestas. Han sabido  que estar aquí es saborear el néctar del éter pues somos micro universos en estos universos paralelos.






miércoles, 1 de abril de 2020

El enemigo invisible

Una vez más en la historia de la humanidad, la vida nos sacude para que salgamos de nuestro profundo letargo que nos provoca la falta de conciencia. Mientras estamos en una situación confortable, sentados en el sofá de nuestra zona de confort, pensamos que nada puede cambiar y nos creemos eternos y fuertes, pero la vida llama a nuestra puerta sin avisar y nos zarandea volviéndonos frágiles y vulnerables.

 

Los seres humanos hemos generado tanta crueldad y violencia a través de la historia que, una vez más,  hemos vuelto a alcanzar su punto álgido;  durante muchos años hemos intentado aniquilar a la familia Humanidad sometiendo a  millones de personas a un sufrimiento atroz con guerras sin sentido, ausencias de derechos humanos, maltratos, injusticias…; a la naturaleza y a sus habitantes los matamos poco a poco con la polución, no respetamos nada. Un parón a nivel global ha sido necesario para volver a equilibrar ese desequilibrio feroz y mortal.

 

La Naturaleza agradece este parón para restablecer su equilibrio –aire más puro, aguas cristalinas, comida en los océanos exentas de plásticos, animales que se sienten en seguridad y podrán perdurar su especie–. En cuanto a nosotros, seres humanos, valoramos más a la familia, a los amigos verdaderos pues de tanto correr y correr los habíamos dejado muy atrás en nuestras vidas.

 

Cuando una célula enferma, el cuerpo humano entero enferma, lo mismo sucede con la familia Humanidad, cuando uno enferma los demás enferman y ahora, en estos momentos difíciles, la humanidad entera está en peligro y todos debemos tomar consciencia de que nuestra vida anterior no era la mejor. El mundo se ha paralizado y ha dicho ¡basta! Ha llegado el momento de ser solidarios y generosos con conciencia; ha llegado el momento de que los líderes de los países sean conscientes -de una vez y para siempre- que la vida es más importante que poseer un sillón en un despacho, deben tener como prioridad la salud y el bienestar de los ciudadanos del mundo y no seguir jugando a ser dioses de barro. Durante muchos años los recursos económicos se han destinado a armas para guerras en beneficio de unos cuantos y en perjuicio de muchos, en lugar de invertir en investigación científica, sanidad, vivienda, educación tan necesarias hoy en día.

 

Los actuales acontecimientos producidos por el COVID 19 están trayendo una serie de profundos cambios a la humanidad entera y uno de esos cambios es tomar conciencia de nosotros y de nuestros actos. A esta pandemia no le interesa el pasaporte, el DNI, la profesión, el estatus social o la cuenta corriente de nadie, ante ella todos somos cuerpos biológicos, todos vulnerables y todos podemos ser vencidos por ese enemigo invisible.  En estos momentos tan delicados y complejos, nos hemos dado cuenta de que no existen credos, colores de piel, culturas solo existimos cuerpos humanos queriendo sanar esas células enfermas que nos matan. Ha llegado el momento de pensar en la Humanidad como unidad.

 

Estos momentos de reflexión nos ayudan a descubrir quiénes somos, analizar nuestro comportamiento y sus consecuencias. Dependiendo de nuestro comportamiento, estas reflexiones escuecen más o menos, pero al cabo de unos días ese escozor se transforma en un bálsamo de comprensión y nos ayuda a comprobar, sin juicios, que el futuro no existe y que hemos perdido gran parte de la vida corriendo hacia ningún lugar,   proyectando una película de imágenes inexistentes, excepto para nuestra mente.

 

Nada puede  cambiar si nosotros no lo deseamos, y para ello debemos ser responsables de nuestros pensamientos y acciones. Para aprender a ser conscientes  debemos saber lo que nos pasa. Nos hemos olvidado de reír -de intercambiar sonrisas, palabras agradables y agradecidas, miradas alegres y serenas- por estar inmersos en un mundo material y egoísta, de competición, de no mirar por los demás solo de pisotear.   Ahora nos damos cuenta que tanta competición, que tanta codicia, que tanto egoísmo no sirven de nada. El mundo nos ha parado y nos ha hecho más frágiles y vulnerables de lo que ya éramos. Pero también nos regala el rayo de luz llamado conciencia que empieza a anunciar que el crepúsculo deja paso a un nuevo día.

 

Todas estas enseñanzas que cada uno de nosotros vivimos en nuestra piel nos llevan a tomar conciencia de uno de los problemas más urgentes a resolver, el de los niños y jóvenes  que deben estar preparados no solo física, emocional o mentalmente al gran cambio sino también espiritualmente ya que deben comprender y asimilar que lo primero es respetarse a sí mismos y a los demás; que deben buscar soluciones y no rupturas; que deben prepararse con fuerza y coraje para no utilizar la venganza sino el perdón; que deben prepararse con sabiduría para la tolerancia, la justicia, la paz, y la libertad. Deben prepararse para aceptar que todos somos seres humanos con derechos y responsabilidades y para este gran cambio es necesario educación, vivienda, sanidad, libertad, paz, progreso, compromisos y alternativas…–. Las futuras generaciones tienen la gran responsabilidad de empezar la creación de un mundo mejor por los cimientos tomando conciencia que deben prepararse para futuras pandemias que tocan al mundo no solo a nivel biológico sino emocional, mental y espiritual siendo éste, la clave para poder cambiar, y esa educación empieza en las familias.

 

El cambio en el mundo nos lleva a plantar una semilla de color con aromas de primavera en nuestro micro jardín del universo para que todos podamos disfrutar  de la nueva vida en el planeta como una gran familia, Humanidad.  Los cimientos para construir un jardín lleno de colores, aromas y belleza son los valores que hemos olvidado y que ahora recuperamos –-honor, lealtad, honestidad, integridad, fuerza, dignidad, coraje, sabiduría, generosidad...–, sin valores volveremos a ese mundo anterior y todos conocemos sus consecuencias.

 

Ahora es el momento del cambio, de ver a la Humanidad como unidad, de romper los muros de separación para crear puentes de unión. 

                                   (foto privada)

domingo, 29 de marzo de 2020

¿Por qué no yo?


La vida me llevó por muchos vericuetos, unos sublimes y agradables, otros dolorosos y opresivos. En una de esas experiencias opresivas terminé en un hospital donde me indujeron el coma -recibí tantas patadas en la cabeza que mi vida quedó pendiente de un hilo, produciéndome daños internos  y externos y como no hay mejor remedio que el descanso para sanar el cuerpo y el alma, mi cuerpo se durmió durante varios días. Gracias a ese “descanso” muchos de mis sentidos se desarrollaron; mi conciencia profunda me hizo ver y percibir energías sublimes de universos paralelos. Comprendí que no solo somos carne y huesos, somos parte de un alma global fragmentada y cada uno llevamos en el corazón un trocito de esa alma.

Mi conciencia me enseñó a observar sin juicios mi vida, desde mi nacimiento hasta ese momento en el hospital. Éramos energías que jugábamos en el éter donde somos cocreadores de las manifestaciones; me manifesté  en un águila que jugaba con el viento, planeando y observando desde lo alto la belleza del planeta – montañas, ríos, océanos de arena y sus altas olas y océanos de agua con olas que al unirse unas con otras forman esculturas de bailes con pasión para acariciar la orilla y dejarlas descansar; volcanes, flores, colores, seres vivos…–.

De pronto estaba en mi casa, era una presencia invisible que todo veía y sentía, sentí un amor profundo por mi madre que estaba a punto de darme la bienvenida al mundo, ¡cuánta alegría en las miradas de mis padres!

Mientras miraba el milagro de la vida bajo esa apariencia de luz donde no existe la oscuridad ni la sombra, vi mi vida física pasar. Reviví muchas escenas pero me detuve en unas cuantas que fueron las que forjaron mi presente. “Mi madre era un corazón andante que amaba a los demás sin límites, pero su vida cambió por avatares de la vida y con el tiempo se había olvidado de amarse a sí misma,  de tanto huir se olvidó que existía; creó una prisión donde era su propia prisionera al aceptar un ambiente de imprecaciones y violencias que herían su alma; había dejado su valía en el desván entre viejos e insignificantes muebles tal y como ella misma se sentía ante esa batalla de violencia, desprecio y miradas vacías. Lloraba en silencio su debilidad cuando pensaba que yo no la veía ni escuchaba. En ese ambiente de violencia, miedo y sumisión crecí y por ello, entre otras cosas, me convencí de que yo no merecía ser feliz. Desde esa perspectiva del Ser vi cómo se reproducía el mismo escenario de mis padres y supe con certeza  que hasta que no se rompiera el círculo de esas vivencias y aprendiera las lecciones, una y otra vez se reproduciría el mismo escenario.

Observé otra escena que puso su huella en mi alma, mi comportamiento en el colegio cuando era niña. La violencia que sufría en casa la pagué con una niña que tenía unos preciosos ojos  color violeta aunque apagados por su tristeza; nadie quería jugar con ella, no podía caminar bien y menos correr. Las niñas, incluida yo, fuimos muy crueles con nuestras burlas y desprecio. Al observar y sentir ese dolor causado gratuitamente y sin razón me llené de tristeza, mi corazón sintió una profunda pena y pidió perdón a mí misma, a la niña y a la bóveda celeste. Supe que todos los comportamientos tienen sus consecuencias.

Mi conciencia me llevó al día previo de recibir esa paliza monumental a veces creamos caos para poder salir del mismo; reviví la escena que me rompió el corazón cuando sentí que había perdido el respeto de mis hijos; prefirieron marcharse a vivir en ese infierno que había creado. Sus miradas de reproche me recriminaban por qué no quería actuar y librarme de esa violencia gratuita..., mi silencio y lágrimas de miedo fueron los que cerraron la puerta detrás de ellos. Grité en silencio, llenándome de dolor y rabia hacia mí misma por mi debilidad, oía sus reproches, sus miradas de incomprensión y dolor, pero también miradas de no aceptación. En ese momento comprendí que al igual que yo hacía con mi madre, ellos lloraban por mí pero hasta ese momento fui ciega, era yo la que debía tomar la decisión. Vi con claridad que es crueldad hacer daño a los demás.

Al observar mi vida sin juicios, solo como hechos y ver que el velo del  miedo se había apoderado de mi cuerpo olvidando al amor, sentí una oleada de ternura y perdón comprendiendo que el amor es la fuerza de luz de la vida que siempre vence a la oscuridad. Sentí una fuerza que atravesaba mi cuerpo físico y tenía ganas de gritar que la vida es para ser vivida, no para ser violentada; comprendí que soy la única responsable de mi cielo o infierno y lo único que debo hacer es decidir lo que quiero vivir.  Esa fuerza que sentí hizo que despertara y lo primero que pensé fue: “tengo derecho a vivir, a ser feliz, a la abundancia, al respeto y al amor”, comprendí lo que mi conciencia me enseñó: “el amor todo puede realizar siempre y cuando seas capaz de hacerlo con el corazón”.  Esta fue la gran enseñanza que recibí en ese universo donde todo es posible menos el miedo y la violencia”.

Cuando salí del hospital me llevó un tiempo tomar la decisión de separarme y empezar una nueva vida. Subí al desván y tiré todos esos viejos muebles que simbolizaban mi antiguo yo. Había llegado el momento de ser una adulta responsable y ser consciente de mis decisiones. Después de un periodo de aprendizaje y saborear la valentía volvió esa fuerza que sentí en el hospital “la vida es para ser vivida no para ser olvidada”. Una tarde fui a una charla que trataba sobre el maltrato y como abandonarlo. Cuando terminó me acerqué a la ponente y ¡sorpresa!, me encontré con dos hermosos ojos color violeta que brillaban como soles al amanecer.  Me presenté y me reconoció, le pedí perdón por haber sido tan cruel con ella. Con gran sabiduría y compasión me dijo: “que esos momentos tristes y dolorosos habían dado lugar a una fuerza inconmensurable  y a preguntarse ¿por qué no yo?”.  Su respuesta valiente fue la que hizo que hoy fuera una mujer espectacular llena confianza y amor, cuya vida está dedicada a la más hermosa misión,  ayudar a la familia humanidad.
Comprendí muchas cosas y a partir de ese día me preguntaba continuamente ¿Por qué no yo?

En mi aprendizaje seguí viviendo algunas tormentas, unas más fuertes que otras y ambas me enseñaron que el miedo y la ira nos desprotegen del valor y coraje porque eliminan la fuerza de la vida que todos llevamos dentro. Sin motivación en nuestra vida viviremos en una isla dentro de un inhóspito desierto; solo la energía que nos lleva a la motivación de luchar por la vida es la que nos da la confianza y la seguridad que necesitamos para hacer lo que realmente deseamos hacer aunque haya gente que  nos ponga la zancadilla. No podemos olvidar que el problema no es el problema si no cómo reaccionamos ante el problema esa es la gran diferencia, si no, nuestro presente se alimentará del pasado continuamente.

Muchas personas se cierran en su prisión del miedo, de la violencia, de sus complejos pues se sienten insignificantes a causa del daño recibido en su alma. Es hora de preguntarse: ¿por qué no yo? La respuesta firme y valiente es la que nos hará sentir esa fuerza llamada motivación para luchar por nuestro derecho a vivir, a decidir y a ser feliz y nunca olvidar que somos los escultores de nuestro día a día.

He pasado por muchas vicisitudes, he vivido ahogada en un océano de arena pero ahora vivo en un lugar donde el mar crea figuras de amor y pasión y las deposita en la arena para que yo las vea y aprenda a subirme en las olas para viajar hacia donde yo quiera.

                                  (Foto privada)